¿Qué es un paisaje? Un paisaje es un fragmento de realidad, un pedazo de mundo, una pizca de naturaleza, un rincón de lo admirable… un recoveco del alma.
En ese profundo y atemporal lugar desembocan todas las obras que nos presenta José María DÍEZ. Se trata de una serie de pulcros dibujos en los que, a través de una cancela invisible, penetra en un espacio espiritual, magnético y misterioso que nos conduce a nosotros mismos, a esa búsqueda incesante por encajar en nuestro propio paisaje. Conecta el volátil exterior con el fecundo interior, dos ámbitos que forman parte de un mismo todo. Jugando con los estados de la materia, el artista fluye de lo sólido a lo gaseoso, a veces con un trasunto líquido y, en ocasiones, con un foco ígneo y depurador. Sigilosamente, atravesando planos, nos traslada de lo terrenal a lo íngrávido e inmaterial.
Su manera simbólica, subjetiva y nebulosa de plasmar el paisaje conecta con el romanticismo de Fiedrich; sus humos son nubes que nos retrotaen a Constable; el ambiente poético nos evoca a Corot y escenas comprensibles pero intangibles nos acercan a Turner. Por otro lado, el manejo del negro, del blanco y de su rica escala de grises, da lugar a una genuina, etérea y sublime percepción de una nueva realidad.
El grafito consigue la oscuridad, la expresividad y los matices necesarios para ahondar en los significados. A su vez, la fragilidad del propio grafito confiere a cada pieza un valor único. Existe muy poco margen para el error, lo que manifiesta una madura coherencia del artista con la técnica, el soporte y los materiales aplicados y en la que, de modo fascinante, aflora luz desde la negrura total.
Siendo de, y viviendo en, un precioso sur de sol, para nuestro autor, el norte supone un aliento introspectivo, (“prana” lo llamaría él), que le aporta una fuente inagotable de inspiración, tanto en el lenguaje simbólico como en la luminosidad que envuelven todas sus composiciones. Y el paisaje, derramado suavemente en un trocito de papel, supone una liberadora catarsis en la que su mundo interior brota de forma reconciliadora con la naturaleza y con la sustancia anímica que atesora.
Descubramos, pues, a través de este hacedor de paisajes, qué nos atrapa de cada uno de ellos…
Mariano Reina Valle
Ldo. en Historia del Arte
EL PAISAJE INTERIOR
Soy paisajista; por naturaleza. La naturaleza es un ciclo que vuelve a los adentros, desde donde retorna a la vida exterior para brotar, en una infinita gama de grises, sobre un papel.
El papel es un aliado virgen, noble; es un escenario de luz dispuesto a recibir al aire, al agua, al fuego y a la tierra, cada cual con su aporte al alma, ese tan descuidado asunto que no se trata en las escuelas (para mal de la persona).
La persona necesita rebuscar en su plexo para encontrar el sentido de los días; y allí, si macera bien los elementos, encuentra la palabra y el gesto que la naturaleza le revela. Y conforme a ese diálogo, los dedos van produciendo la escena que proclama la buena hechura del mundo, y que estamos de acuerdo con el árbol, o con la lenta fuga del río, ya convertidos en dibujo.
El dibujo es la palabra del menestral. No es el arte una proclama de divos, sino la artesanía de quien, mirándose dentro, como si la iluminación de una vitela estuviera apareciendo, encuentra el paisaje que le explica el alma, que luego tiene el placer de verter, con la música adecuada, sobre el papel. Quizá por eso sea paisajista.
José María Díez
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